Salud infantil - Alimentación infantil vegetariana

Es probable que la alimentación, desde los primeros años de la vida, tenga consecuencias más o menos profundas sobre la salud a lo largo de la vida humana.

A pesar de sus cualidades, el régimen lácteo exclusivo -sobre todo si la lactancia es artificial- no puede ser seguido indefinidamente sin ocasionar una seria anemia y trastornos digestivos. Llega un momento en el que hay que proporcionar al adolescente una alimentación variada, más sustancial en un menor volumen y que aporte a su organismo sales, diastasas, pectinas, celulosas y un «lastre» alimentario del que la leche carece.

El periodo de transición entre la nutrición puramente láctea y el régimen compuesto de diversos alimentos debe ser progresivo para que sea bien tolerado. Un cambio brusco puede reportar el rechazo de los alimentos a los que el bebé no está acostumbrado y, si no se adapta a ellos, los nuevos alimentos son vomitados o mal digeridos.

Este periodo puede empezar muy pronto y ventajosamente cuando los nuevos alimentos no representan más que una débil parte de la ración y cuando la sustitución de la leche se hace guiar por la manera como el nuevo alimento es aceptado por el bebé y bien tolerado por su tubo digestivo.

Alimentación del bebé en sus primeras semanas

En sus primeras semanas, si el lactante es totalmente privado de la leche materna, se le puede dar una cucharadita de jugo de zanahoria diluido en cuatro cucharaditas de agua mineral sin gas. El jugo de zanahoria reemplaza el calostro por su acción desinfectante y laxante, aportando además vitamina K, absolutamente indispensable al recién nacido que, al no poseerla, podría sufrir pequeñas hemorragias. El jugo de zanahoria es también muy rico en provitamina A (caroteno), muy asimilable y necesario para el crecimiento.

Para aportarle vitamina C, de la que también tiene necesidad, en su segunda semana se alterna el jugo de zanahoria con una cucharadita de jugo de naranja, también diluido pero en seis cucharaditas de agua, y después, poco a poco, se introducen el jugo de uva o de manzana, según la estación, y el jugo de tomate, rico también en vitamina K.

El jugo de uva tiene muchas analogías químicas con la leche y es el preferible de los jugos. El de tomate alcaliniza los humores y permite a la piel del bebé defenderse contra todas las irritaciones y pequeñas infecciones. Pero en sus primeros quince días, el lugar de honor es para el jugo de zanahoria. Este jugo contiene algunas moléculas de almidón que habituarán al bebé a producir la ptialina y la amilasa pancreática en cantidad suficiente.

Alimentación del bebé a partir del primer mes

A partir del primer mes, para aumentar el valor calórico de la alimentación del lactante, se añade al biberón una cierta cantidad de hidratos de carbono. Mientras 100 gramos de leche dan 70 calorías, la misma cantidad de harina proporciona entre 350 y 400, aportando además sales minerales que la leche sólo contiene en cantidad insuficiente.

Para que estos hidratos de carbono no produzcan fermentaciones intestinales no deben pasar del 10 al 15 %, pudiendo consistir en almidones o féculas que, hidrolizadas en su cocción en agua, no presentan inconvenientes. Se obtienen de verduras y, para que no sean rechazados por el cambio de sabor al que el bebé está acostumbrado, se van mezclando con la leche de manera progresiva.

Un buen caldo debe ser hecho con verduras frescas y variadas; cuanto más variadas sean mayor será su calidad y mejor su sabor. A las patatas y zanahorias, que son su base, se añaden otras verduras del día y una cucharada de guisantes, lentejas, judías o arroz. Sin embargo, no hay que ser esclavos de una fórmula; la variedad puede ser obtenida con un caldo diferente cada día. Lo que sí es importante es que la cocción sea prolongada; de este modo, el caldo contiene los minerales y los hidratos de carbono.

El jugo de naranja o de otra fruta puede aumentarse hasta 30 gramos/día. Y también puede añadirse en el biberón una cucharadita de cuajada o de yogur, que contienen vitaminas del grupo B y D.

Hasta los 3 meses sólo hay que completar la alimentación con este caldo, pero a partir de esta edad, se irá añadiendo poco a poco pequeñas cantidades de la verdura obtenida para hacer el caldo, más o menos finamente tamizada y reducida a un puré líquido o sopa. El zumo de fruta puede aumentarse a 90 gramos, siempre diluido en agua y en tomas alternadas con las del biberón.

Alimentación del bebé a partir del cuarto mes

A partir del cuarto mes, además de los jugos y el caldo, se puede empezar a dar al bebé una papilla de las harinas más fáciles de digerir y más ligeras, es decir, más ricas en hidratos de carbono y pobres en grasas. La tapioca es la que más reúne estas condiciones, así como el arroz, la cebada, el mijo y el arrarruz.

Más tarde podrán emplearse harinas ricas en grasas, en sustancias nitrogenadas y en fósforo, como son las de trigo, avena, maíz y centeno. La relación calcio/fósforo queda corregida ya que el exceso de fósforo de la harina se reabsorbe por el exceso de calcio del jugo de zanahoria.

Hay que advertir que alimentar al bebé con sólo caldo o papillas de trigo puede provocar una detención en la absorción del calcio, debido a su exceso de fósforo. La cocción de la harina o del trigo molido debe hacerse al baño-maría para evitar la nociva degradación que su cocción prologada provocaría y que podría hacer descalcificante el caldo o la papilla por exceso de ácido fítico.

Alimentación del bebé a partir del sexto mes

A partir del sexto mes, además de los alimentos anteriores, un poco de leche de almendras o algunas gotas de aceite de oliva virgen aportarán las grasas indispensables.

A partir del séptimo mes se va reduciendo la leche y aumentando los jugos y purés, pudiéndose añadir a éstos avellanas y almendras, sin piel, finamente trituradas. También puede aumentarse la cantidad de cuajada o de yogur.

Hacia el octavo mes, al disponer el bebé de algunos dientes es más fácil el inicio de nueva alimentación. Se le puede dar un trozo de pan o un poco de manzana cruda o poco cocida, triturada en forma de puré. Puede alternarse con purés de peras, higos, melocotones o albaricoques, así como de verduras previamente cocidas, en particular las que son pobres en almidón (zanahoria, apio, remolacha, nabos, salsifís, etcétera).

No hay que dejar jamás que el bebé coma estando solo, sobre todo cuando se le dan alimentos que podrían atragantarlo.

A partir del noveno mes, la base del puré puede consistir en patatas o boniatos, ambos ricos en sales de potasio, útiles a las funciones renales.

Después de los diez meses, dar la comida al bebé en biberón es un error. Es hora de enseñar al niño a masticar y ensalivar los alimentos. En lugar de caldos o purés muy líquidos, las verduras, que desde el principio han desempeñado un papel importante en la dieta infantil, deben darse en forma de sopa o papillas.

Alimentación del niño a partir de 1 año

A partir del año el niño puede ya comer en la mesa. Su ración de leche puede limitarse a 700 gramos. Las papillas pueden incluir judías, lentejas, guisantes, habas y sojas, todo muy triturado. Tres veces por semana se le pueden dar pedacitos de espinacas, puerros, corazones de alcachofa y zanahorias (no rábanos ni coliflor), cocido al vapor y sazonado con un poco de aceite de oliva virgen. También se le pueden dar pedacitos de fruta cruda (peras, cerezas, manzanas, bananas, etc.). Sus papillas pueden adicionarse con un poco de miel o de mantequilla (no con azúcar o margarina). También puede incluirse en ellas, un día a la semana, yema de huevo (no la clara, por ser acidificante). El queso de oveja puede sustituir la yema de huevo.

Alimentación del niño a partir de los 2 años

A partir de los dos años la leche puede reducirse a 600 gramos y aumentar ligeramente la cantidad de mantequilla. También se le puede dar queso de gruyére. Dos días a la semana, yema de huevo. Su alimentación puede incluir ahora harina de cereales (avena, trigo, maíz, cebada, centeno, etc.).

Progresivamente se le podrán dar nuevos alimentos con los que reemplazar a la leche. Debe cuidarse de que sean vivos y naturales, evitando conservas y alimentos «mejorados» con productos químicos (vitaminas industriales). Ha de ser una dieta digerible, asimilable, suficiente y equilibrada que le permita constituir las reservas que exige su rápido crecimiento.

A medida que el pequeño coma más alimentos sólidos, precisará más agua. Debe ser agua sin gas y sin cloro. También se le pueden dar a beber zumos de fruta naturales (no en conserva).

Alimentación del niño a partir de los 3 años

A partir de los tres años es suficiente medio litro de leche al día y, compensar la disminución con 10 gramos de queso.
El total de calorías que reciba al día pueden distribuirse del siguiente modo: Desayuno, 25 %; comida, 35 %; merienda, 15 %; cena, 25 % Entre estas comidas no debe tomar alimento alguno.

Alimentación del niño a partir de los 5 años

A partir de los cinco años querrá ser como los demás. Comerá ciertas cosas porque las comen el padre, o la madre, o alguna otra persona de su agrado. Sin embargo, prefiere alimentos simples a platos complicados o muy condimentados.

Alimentación del niño a partir de los 7 años

A partir de los siete años su apetito mejora ostensiblemente. Estará dispuesto a experimentar nuevos alimentos, incluso algunos que antes rechazaba. Es posible que quiera ayudar en su preparación.

Si presenta falta de apetito es señal de que comisquea a toda hora o que ingiere demasiados fritos o grasas, consiguiendo una especie de empacho continuo que le lleva a la inapetencia y a la inflamación del hígado.

Alimentación del niño a partir de los 9 años

A partir de los nueve años la alimentación debe ser similar a la del adulto teniendo en cuenta las calorías necesarias. A esta edad pueden ir desde 1.600 si es sedentario a 2.600 si es muy activo. Estas calorías deben ser proporcionadas por los siguientes nutrientes: hidratos de carbono, 55-60 %; proteínas, 12-18 %; grasas, 30-35 %.

Dieta tipo saludable para los niños

Una buena dieta puede distribuirse así:

  • Desayuno: Muesli, yogur con miel, zumos (ir variándolos).
  • Comida: Sopas de verduras, pastas, cereales, quesos. Evitar fritos y postres dulces.
  • Merienda: En lugar de chucherías, unas galletas integrales o frutas secas sin tostar.
  • Cena: Alimentos simples y de fácil digestión: Verduras, consomés, frutas, quesos. Todo acompañado con pan dextrin integral. Como bebida, siempre agua sola, sin gas.

RECOMENDACIONES GENERALES

El rápido metabolismo infantil hace necesario que tome regularmente alimento cada 4 horas. De ahí la importancia de la merienda. Y, según la hora de la comida, puede ser necesaria también una comida ligera a media mañana. Una manzana es preferible a un panecillo.

Alimentos recomendables, en general: pastas, arroces, cereales, quesos (el de gruyére es el mejor tolerado), yogur, mantequilla, legumbres, verduras, fruta, miel, pan de especies. El chocolate puede tomarse en pequeñas dosis, si es bien tolerado, y no todos los días.

Alimentos que proporcionan vitaminas y minerales

  • Vitamina A (caroteno): Zanahorias, frutas amarillas.
  • Vitaminas del grupo B: Levadura de cerveza, cuajada, yogur, algas.
  • Vitamina C: Cítricos, kiwis.
  • Vitamina D: Leche y derivados.
  • Vitamina E: Aceite de oliva virgen, germen de trigo.
  • Vitamina K: Zanahorias, tomates, yogur, al-gas.
  • Vitamina PP: Corteza de los cítricos, cerezas, moras.
  • Calcio: Leche, queso, yogur, zanahorias.
  • Zinc: Germen de trigo, levadura de cerveza.
  • Cobre: Judías secas, trigo integral, ciruelas.
  • Hierro: Avena, melazas, albaricoques, melocotones.
  • Manganeso: Cereales integrales, fruta seca, muesli.

Alimentos no recomendados para los niños

Alimentos no recomendables: embutidos, carnes, pastelería, bollería, helados, bebidas carbónicas y de cola. Merecen especial prevención los caramelos, bombones y otras golosinas que fácilmente consumen los niños. Repletos de colorantes y otros aditivos y causantes de caries por culpa del azúcar, estas golosinas pueden ser una verdadera «droga mental» al ser capaces de provocar per-turbaciones duraderas en la psique. Como ocurre con las verdaderas drogas, el acostumbramiento a estas golosinas puede crear en el niño una real «toxicomanía» llevándole a mentir, a robar, a emplear todos los medios para procurarse su dosis «necesaria».

Error frecuente: creer que los bebés y los adolescentes gordos son más saludables. El exceso de alimentos no sólo puede producir obesidad sino que es un factor de envejecimiento precoz, pues hace que los huesos y tejidos se desarrollen más aprisa pero que también envejezcan. Según los doctores McCance y Widddowson, de la Universidad de Cambridge, el procedimiento más fácil para alargar la vida, a toda edad, es un régimen dietético equilibrado pero ligero.

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